Manifiesto del periodismo asturiano en el Día Mundial de la Libertad de Prensa

Millones de personas celebran este fin de semana el alivio del confinamiento que les ha mantenido siete semanas en casa. Antes de saber eso, quienes nos dedicamos al periodismo en Asturias ya teníamos marcada en el calendario la fecha del 3 de mayo. Este domingo se conmemora el Día Internacional de la Libertad de Prensa. Es una fiesta mayor para nuestra profesión. Su coincidencia con el inicio del regreso de la vida a las calles aporta una buena ocasión para reflexionar sobre nuestro trabajo y sobre las oportunidades y las amenazas que planean sobre él en estos tiempos de pandemia, aislamiento social, temor y bulos.

Sin embargo, la Asociación de la Prensa de Oviedo y el Colegio Profesional de Periodistas de Asturias, que suscribimos conjuntamente el presente manifiesto, no deseamos cargar las tintas únicamente en los aspectos sombríos acerca del panorama actual de los medios de comunicación que ha revelado la emergencia. Porque en esta situación de alarma social y sanitaria muchos y muchas profesionales, muchas cabeceras con líneas editoriales muy distintas, han estado a la altura de lo que la comunidad autónoma y el país necesitaban en unas circunstancias tan difíciles. En la radio, en la televisión, en la prensa escrita más tradicional y en los nuevos medios digitales.

Han puesto a disposición de la ciudadanía una información veraz sobre el coronavirus y sus consecuencias, contrastada en fuentes solventes, transmitida en un tono sereno y alejada de estridencias.

Para nosotros, no existe debate posible acerca de la condición de trabajo esencial que tiene nuestra labor e instamos al Gobierno de España a reconocerlo así. Una sociedad que no sabe lo que le pasa, porque nadie se lo cuenta, es una sociedad indefensa, una sociedad mal preparada que no podrá enfrentarse a sus problemas y desafíos si ni siquiera puede identificarlos.

Porque, ciertamente, estas siete semanas también han sido una época propicia para las noticias falsas. Hoy nos parecen ya algo más que los bulos burdos que conocimos en el pasado. Se han hecho más sofisticadas, cada vez saben camuflarse mejor y han aprendido a usar el atuendo de las informaciones legítimas y contrastadas para engañar a su audiencia con mayor eficacia. Son, desde luego, una amenaza para la existencia de una sociedad racional donde los hechos no se retuerzan hasta quedar irreconocibles.

La libertad de expresión se enfrenta a ese y a otros problemas reales en España. El país sigue anclado en el puesto 29 de la clasificación mundial de la libertad de prensa que elabora cada año Reporteros Sin Fronteras. La ley mordaza sigue en vigor. Y las condiciones laborales de centenares de compañeros y compañeras siguen siendo precarias hasta lo insoportable. Cuántos trabajos sin contrato, cuántos falsos autónomos, cuántos horarios estirados a cambio de retribuciones siempre escasas y sin perspectiva de aumento.

No parecen acercarse buenos tiempos. Aún sin superar las secuelas que la revolución digital y el estallido de la burbuja inmobiliaria dejaron al periodismo español durante toda la década pasada, la huida de la publicidad y el parón económico inducidos por el coronavirus auguran nuevas rondas de expedientes de regulación de empleo, rebajas salariales, despidos y enquistamiento de la precariedad. Exigimos a las instituciones públicas y a las empresas que, cualquiera que sea la salida a esta nueva crisis, no pase de nuevo por la degradación de los derechos laborales en las redacciones.

En este periodo de desinformación y mentiras, el periodismo genuino es más necesario que nunca en lo que va de siglo XXI. Pero, si permitimos que su ejercicio sea incompatible con que quien lo practica se gane una vida decente, ¿quién podrá practicarlo? ¿Quién podrá inocular a la sociedad los anticuerpos necesarios para defenderse de las fuerzas que han escogido difuminar los contornos de la verdad y la mentira como medio de avance hacia el poder político o económico?